1974. Cogió el teléfono, asintió y empezó a llorar. Su hija de trece años, Jael, le preguntó por qué lloraba, su madre la abrazó con fuerza y estuvieron unos minutos en silencio hasta que su madre le explicó que su primo Hugo había muerto.
Ella no sabía cómo reaccionar ya que nunca había muerto nadie cercano a ella. Su madre le preguntó que cómo se encontraba, Jael le respondió que bien. Se fue a su habitación y reflexionó cómo un niño de siete años había muerto, así sin más, sin despedirse, sin un previo aviso. Estuvo dándole vueltas durante varias semanas. Aquello le marcó y decidió que disfrutaría cada día, que no desperdiciaría un segundo.
1984. Diez años después había conseguido todo lo que se había propuesto, pero estaba perdidamente enamorada de un chico que se sentaba a su lado en clase de psicología infantil en la universidad. En realidad su amor era correspondido. Finalmente Jael se decidió por invitarle a tomar un café. Desde aquel día fueron inseparables y vivían cada día cómo si fuera el último. Él, se llamaba Jorge, alto, con cabellos negros cómo el carbón, con unas gafas de culo de vaso que le tapaban sus ojos miel; ella, Jael, pelirroja de pelo rizado, ojos marrones y labios rojos chillón que formaban una sonrisa hipnotizadora. Se amaban como nunca habían amado a nadie. Pero una noche volvían a sus casas con el Mustang de Jorge; y de pronto, una espesa niebla cayó del cielo y ni Jorge ni Jael pudieron ver nada. De pronto, chocaron frontalmente contra otro coche. Los dos quedaron inconscientes y gravemente heridos.
Jorge despertó una semana después en el hospital de su ciudad, y toda su familia estaba a su alrededor. Notó una fuerte punzada en su costado y el médico le explicó que tenía dos costillas rotas y una de ellas perforó a uno de sus pulmones, pero había sobrevivido a la operación. De repente recordó el accidente y recordó a Jael, le preguntó al médico cómo se encontraba y el le dijo que tuvo un fuerte golpe en el cráneo y estaba inconsciente. El 12 de mayo de 1985 le declararon el coma y ese mismo día le declararon el alta a Jorge.
Los familiares de Jael culpaban a Jorge del accidente y él tampoco se lo perdonaba. Añoraba a Jael en todo momento, sus ganas de vivir, y su amor por todo lo que le rodeaba. Todas las semanas iba a visitarle, le traía unas rosas rojas, le leía su libro preferido, Matar a un ruiseñor, le contaba lo que le había sucedido durante la semana, se acurrucaba junto a ella y dormían juntos.
Pasaban los años y Jael no despertaba. Su madre y su padre rezaban todos los días para que despertaba. Era una mujer luchadora pero cayó en una depresión. Esperanza le decían… pero ya la había perdido. Al cabo de diez años, el padre de Jael murió por un ataque en el corazón a los 65 y su madre seis años más tarde, a los 74 por un tumor cerebral.
Un caluroso día de verano del 2010, Jael abrió los ojos después de treinta años y empezó a gritar que dónde estaba y que quería irse a casa. Se levantó de la camilla y empezó a correr buscando una salida, hasta que se dio cuenta de que aquello era un hospital, recordaba aquel hospital ya había estado antes, recordó que era el hospital de su ciudad, encontró la salida, y vio la calle llena de coches que nunca había visto, gente con ropa extraña y edificios muy altos. Divisó un taxi, se subió en él, y le dio la dirección de la casa de sus padres. Pero le pidió que parara antes de llegar abrió la puerta y salió corriendo, ya que no tenía dinero para pagarle, se fijó en sus piernas, era rugosas y delgadas y rendían menos de lo que recordaba. Llegó a su casa, llamó al timbre pero nadie contestó. Vio el reflejo de su cara en la puerta del portal de su casa. ¿Quién era aquella mujer? ¿Qué había sido de su pelo rojizo y su preciosa cara?
Decidió volver al hospital; ya que no tenía adonde ir, cogió otro taxi, que le paró unos metros antes de llegar al hospital, saliendo corriendo y sin pagar al conductor.Al entrar en el hospital, divisó unos policías y un médico hablando con ellos, el médico la miró se acercó y le preguntó si podía hablar un rato y ella aceptó. El médico le explico lo de su accidente hacía treinta años, lo de extraño caso de coma, mientras le explica esto a la paciente, esbozaba una leve sonrisa ya que entodos sus años de medicina nunca había presenciado nada semejante. En aquel momento, Jael rompió a llorar, tenía una mente de veinteañera y un cuerpo de una cincuentañera no podría rehacer su vida de nuevo. De pronto, vio a un hombre mayor que le resultaba familiar. ¡Jorge! Era él. Ella fue corriendo hacia él y este, empezó a llorar. Jael, seguía igual de enamorada, ya que para ella, no había pasado tiempo. Jorge le invitó a un café como la primera vez y estuvieron hablando durante horas. La espera había valido la pena.
AUTORA: JULIA MOLLÁ PORCAR (3B)
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